Por fin había llegado la semana
grande de nuestra comunidad. Un grupo local estaba amenizando la velada con
canciones de antaño, mientras la gente derrochaba energías bailando y empinando
el codo.
Yo me refugié en el
establecimiento de Kseniya Zhukovski, acababa de hacerle entrega de unos
conejos que había obtenido en la partida de caza y estaba bastante agradecida.
Aunque no estaba permitido ese tipo de acciones en nuestra comunidad, de vez en
cuando, reservaba unas cuantas piezas para ella. Los mandamases hacían la vista
gorda, pues su establecimiento, una especie de centro de entretenimiento, por
así decirlo, era una gran fuente ingresos para sus bolsillos.
Al ser las fiestas, había más movimiento
que de costumbre, sobretodo en la parte de arriba donde estaban los aposentos
de los chicos y chicas que recibían y despedían a sus clientes sin cesar. En la
de abajo, el trapa trapa de la clientela que acompañaba el runrún de sus
conversaciones con el tintín de sus copas.
Siempre me había gustado la compañia de Kseniya, sobretodo desde que heredó el negocio de su marido, hará cosa de un año. Todo el mundo decía que lo llevaba mejor que él. Incluso, llevar el negocio la había cambiado, se la veía 20años más joven, más esbelta y su rostro resplandecía, daba gusto estar con ella, era pura alegría.
Antes de que su marido nos dejara,
era todo lo contrario. Sus ojos apagados, cercados por un rostro ensombrecido, cubierto por una mata de pelo grasienta que se posaba sobre su espalda encorbada, moviéndose lentamente, como si no fuera del mundo de los vivos. Recuerdo que cuando hablabas con ella, parecía que fuera a
llorar. Siempre con el cuerpo cubierto de telas, para esconder lo que tanto le avergonzaba, años de vejación, humillación, etc.
Aún en ese estado de depresión constante, siempre te regalaba una sonrisa y unas dulces palabras. Su vida era una mierda, pero siempre estaba allí para escucharte, para ayudarte, como si la suya, no lo fuera, de miserable.
Kseniya no lo sabe, o tal vez si,
o lo sospecha, pero nunca me ha dicho nada. Yo tampoco se lo voy a decir… pero
cuando una mosca cojonera te molesta… a veces te dan ganas de aplastarla… Gracias a eso, disfruto de su compañia, de su sabiduria, es como si fuera la madre que me arrebató la guerra.